sábado, 23 de julio de 2016

Mateorías (19)

(Capítulo 19 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Diecinueve

Jueves 11 de septiembre de 2014, 14:00, cielo azul con alguna nube, 17ºC, Cracovia, Rynek, terraza del bar de Kazimierz (el amigo de Mateo, no el barrio judío). Tres cafés, un periódico polaco. Kazimierz, Mateo y yo. Conversación en inglés.

—¿Dónde estabais vosotros el 11 de septiembre? —dijo Kazimierz.

—¿Qué 11 de septiembre? —le pregunté.

—¿Qué 11 de septiembre va a ser?

—¿El de 2012?

—¿2012? He dicho el 11 de septiembre. El de 2001, el 9/11, el 11-S, el día de los atentados terroristas a las Torres Gemelas del World Trade Center. ¿Te suena?

—Un momento, Kazimierz —lo interrumpió Mateo—. Es que el 11 de septiembre también es el día nacional de Cataluña. Y tienen uno cada año. Pero ¿por qué lo preguntas?

—Hay un artículo en el periódico que habla de eso. Muchas personas dan su testimonio: estadounidenses, polacos y gente del resto del mundo. Dicen que es una fecha tan importante como el inicio de la Segunda Guerra Mundial o la Caída del Muro de Berlín. Y que es un día que todos recordamos. Pues vamos a ver: ¿dónde estabas tú, Mateo?

—Estaba con mi novia en el Retiro, un parque de Madrid.

—¿Con Marta? —lo corté— ¿Tu novia medio polaca, medio ucraniana? ¿La de la furgoneta?

—No, no, a Marta la conocí unos años después. Esta era otra novia, Elena, mi novia de toda la vida, nos conocíamos desde niños. Fuimos al colegio juntos y todo, aunque no empezamos a salir hasta más tarde. El 11-S estábamos pasando la tarde en el Retiro, dando un paseo en barca por el estanque. Hacía un buen día, como hoy, un poco más de calor. Y de repente el tío que nos alquiló la barca se puso a mover los brazos como un loco y a gritarnos. Cuando nos estábamos acercando a la orilla, conseguimos entender lo que decía: ¡han estampado un avión contra Nueva York! ¡Es la Tercera Guerra Mundial!

—Pues yo estaba trabajando en Londres. Todavía era fontanero, entonces. Escuché algo por la radio, pero no le hice ningún caso. Y sin embargo recuerdo perfectamente dónde estaba: en una casa victoriana, al lado de Hyde Park, reconvertida en hostel de mochileros. El desagüe de una de las cocinas estaba atascado, porque la tubería era viejísima, de plomo, y había cedido. La corté y puse un manguito de plástico para empalmarla, mucho más resistente que el plomo y menos insalubre. Si no han cambiado el sistema de cañerías, seguro que conservan mi apaño.

—Pues yo ni trabajaba ni tenía novia: era un adolescente friki. Estaba jugando al ordenador, por internet. Al Counter-Strike, irónicamente, un videojuego de terroristas versus antiterroristas. La partida online se detuvo y mis compañeros lo comentaron, aunque en seguida siguieron jugando. Yo encendí la tele y comprobé que tenían razón: un avión se había estrellado contra un rascacielos en Estados Unidos. Después vi en directo cómo chocaba otro. Y luego se derrumbaron los dos edificios.

Nos quedamos callados un momento, improvisando un minuto de silencio. Excepto por los sorbos de café y el tintín de las tazas contra los platitos. Excepto por los otros clientes del bar. Kazimierz interrumpió la calma:

—Oye... catalán. ¿Te molesta si yo también te llamo catalán? Es que tu nombre es muy difícil de pronunciar.

—Puedes llamarlo Javier —dijo Mateo.

—Como Javier Marías, ¿no? Entonces mejor Javier. Bueno, Javier, como te decía: ¿por qué celebráis la fiesta nacional de Cataluña el 11 de septiembre? Podríais haber elegido un día menos conflictivo...

—Hombre, el 11 de septiembre de 1714 también fue un día muy conflictivo. O al menos eso nos cuentan.

—Mira, me acabas de recordar que... tengo una pregunta —me dijo Mateo—. Llevo un tiempo queriendo preguntarte algo.

Ya era hora, pensé. Casi lo había estado esperando.

Cuando conocí a Mateo, me sorprendió que no me lo preguntara, ni en el primer momento ni en ninguno posterior. Tampoco me lo preguntó cuando empezamos a cogernos confianza. Ni siquiera me lo preguntó durante el accidente de la foto de la discordia y la caza de fantasmas. Y había pasado mi segundo verano en Cracovia y no me lo había preguntado.

Yo tampoco había querido responder la pregunta por iniciativa propia. Nada me molestaba tanto como tener que contestarla. Y sin embargo, cuando conocía a alguien, surgía en seguida: ¿cómo te llamas?, ¿de dónde eres? y, zas, la pregunta. La odiaba porque no era fácil dar una respuesta rápida y el interlocutor se impacientaba: ¿sí o no? Querían, necesitaba que me posicionara: o sí o no, y punto, esta respuesta no se puede argumentar ni dejar en blanco.

Pero Mateo no, no me había preguntado. Hasta el 11 de septiembre de 2014, a las 14:13:

—¿Tú te sientes español o catalán? ¿Eres independentista o no?

No hay una pregunta menos literaria que esta, pensé, ningún escritor la ha incluido en una novela. Sin embargo, miré el móvil: todavía faltaban dos horas para empezar a trabajar. Así que, por qué no, podía contestar.

—¿Pero por qué me lo preguntas justo ahora? —le dije a Mateo—. Bueno, no importa: te voy a responder. Pero te voy a responder con una historia de mi adolescencia.

—Perfecto —dijo Mateo—. Ya era hora de que hablaras de tu intimidad un poco; en esta novela solo me confieso yo.

—Muy bien —dijo Kazimierz—. A mí me encantan las parábolas. Son ideales para echar la siesta.

—Este relato sucedió pocos años antes del 11-S, cuando yo era un gordo con granos, un friki de los gordos, un verdadero nerd; vaya, como ahora, pero más bajo y sin barba. Eran los mejores tiempos, eran los peores tiempos, era el siglo de la locura, era el siglo de la razón, era la edad de la fe, era la edad de la incredulidad, era la época de la luz, era la época de las tinieblas, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, lo teníamos todo, no teníamos nada, íbamos directos al cielo, íbamos de cabeza al infierno.

—Date prisa, Javier Marías.

Los noventa eran una época como otra cualquiera: una época política. Aunque yo todavía no había descubierto que la política está en todas partes y en todas las épocas. Entonces, a mí me interesaban los libros, los cómics y los videojuegos; me gustaban las chicas, que no me hacían ningún caso; me molestaban mis compañeros de clase porque yo era un rarito, como Bartek, mi alumno favorito del liceum. La política no podía importarme menos. Pero no se me escapaba que aquellos eran los tiempos de los catalanes y de los castellanos. En mi clase, en mi barrio, en Barcelona, en Cataluña, todo el mundo tomaba partido: o eres catalán o eres castellano. Mi yo adolescente tenía una idea muy superficial pero muy exacta de qué era un catalán y qué era un castellano.

A grandes rasgos, ser catalán implicaba hablar principalmente en catalán: en casa y en la calle, con la familia y amigos. Los catalanes sacaban buenas notas en la escuela y llevaban ropa cara, unas veces pija, otras hippie. Había ciertas actividades preferidas por los catalanes: excursionismo, sardanas, conciertos. Los catalanes escuchaban una música específica: rock catalán, vasco y valenciano, quizás algo de Nova Cançó. Los barrios catalanes de Barcelona estaban encima de la Avinguda Diagonal. Los catalanes veraneaban en la Costa Brava, en Francia u otros países europeos. Su catalanidad se medía con la bandera que preferían: la señera o la estelada. Pero, sobre todo, ser catalán implicaba ser superior a los castellanos y odiarlos: llamarlos fachas, españolitos o charnegos.

A grandes rasgos, ser castellano implicaba hablar principalmente en castellano: en casa y en la calle, con la familia y amigos. Los castellanos no sacaban muy buenas notas en la escuela y llevaban ropa más bien barata, chándales o prendas deportivas. Había ciertas actividades preferidas por los castellanos: el fútbol, el baile, las discotecas. Los castellanos escuchaban una música específica: flamenco, rumba catalana, quizás algo de rock urbano. Los barrios castellanos de Barcelona estaban en el extrarradio y debajo de la Avenida Diagonal. Los castellanos veraneaban en sus pueblos, españoles. Su castellanidad o españolidad se medía con la bandera que preferían: la rojigualda o la franquista. Pero, sobre todo, ser castellano implicaba ser superior a los catalanes y odiarlos: llamarlos tacaños, catalufos o polacos.

Mi padre era castellano y mi madre catalana, así que en casa usábamos principalmente ambas lenguas; con algunos amigos hablaba en catalán, en castellano con otros. Yo intuía que, más que dos lenguas, el catalán y el castellano eran dos formas de hablar; por eso, me parecía lógico que todo el mundo empleara ambas. Sacaba buenas notas y llevaba ropa de gordo: chándales o prendas deportivas. Mis actividades preferidas eran comer, leer, jugar con videojuegos. Escuchaba sobre todo música en inglés (heavy metal, rock, punk y otros estilos adecuados para canalizar mis frustraciones adolescentes), pero también música de catalanes y de castellanos. Vivíamos en una ciudad del extrarradio barcelonés, llena de castellanos, de charnegos. Veraneábamos en dos ciudades: una catalana, de donde era mi madre, y una castellana, de donde era mi padre. Mis amigos catalanes me consideraban castellano; mis amigos castellanos me consideraban catalán. Yo no me sentía ni catalán ni castellano, sino gordo, quizás porque todos coincidían en llamarme gordo.

—Perdona que te interrumpa, Javier. ¿Estás hablando en inglés o en polaco? ¿Has dicho que en tu ciudad había negros? ¿Teníais charnegos?

—¿Por qué negros? Había charnegos, sí, y seguramente negros también.

—A ver, catalán, ¿cuánto tiempo llevas en Polonia? Czarnego (charnego) en polaco significa negro. Y, Kazimierz, un charnego es un inmigrante español en Cataluña: un andaluz, un murciano, un extremeño... O un descendiente de charnegos. Es una palabra ofensiva.

—Efectivamente. Bueno, ¿puedo continuar? En esa época de catalanes y de castellanos, empecé a escribir. Un profesor me sugirió que escribiera un diario, y le hice caso. Lo guardaba debajo de la almohada, para tenerlo más a mano. Así, casi cada noche, antes de acostarme, escribía alguna cosa que me hubiera ocurrido o, en su defecto, que se me hubiera ocurrido.

—¿Qué clase de profesor le propone a un estudiante escribir un diario?

—¿Y qué clase de estudiante le hace caso? Esta historia es muy inverosímil, como todas las parábolas.

En mi diario yo no escribía demasiado sobre los catalanes y los castellanos, porque entonces me daban absolutamente igual. En general, me centraba en mi yo y mis circunstancias, pero siempre modificaba un poco mis problemas, lo mejoraba todo un poco. En mis relatos, los otros no me llamaban gordo sino pobre, porque mis chándales eran muy cutres, cosa que en realidad no me molestaba nada. O a veces sí, a veces en el diario me llamaban gordo pero yo les respondía, les insultaba y peleaba con ellos, lo cual en verdad nunca sucedía. En otras entradas, iba al cine con la chica que me gustaba; no hace falta decir que en clase ni siquiera me había mirado. Supongo que esta técnica, este ajustarle las tuercas y las cuentas a la realidad, me ayudaba a canalizar mis frustraciones adolescentes.

En mi diario escribí muy a menudo de Javier Vargas. No sobre el guitarrista de la Vargas Blues Band, que no conocía ni de oídas, sino sobre un gitano de mi instituto. Javier Vargas estaba un curso por debajo de mí aunque él tenía un año más, pero podría haber sido menor y yo lo habría temido igualmente. Temido y también admirado, porque Javier era un fuera de la ley: iba a clase cuando quería, fumaba y bebía, podía suspender los exámenes sin inmutarse, les contestaba mal a los profesores, abusaba de los otros estudiantes, robaba y conducía, probablemente follaba. Por supuesto, mi sesgada visión adolescente ignoraba que Javier, como muchos gitanos, tenía problemas económicos, familiares, sociales, educativos y quién sabe qué más. Y ahora pienso que quizás lo envidiaba porque no era ni catalán ni castellano: era gitano, ajeno al sistema. En el mundo de Javier Vargas, no había catalanes y castellanos, sino gitanos y payos.

Y nadie llamaba a Javier Vargas así, Javier Vargas. Todos lo llamábamos Javier Marías.

—¿Me harías un favor? Tú, sí, tú. ¿Tienes un cigarro? —te decía.

—¿M'harías un favor? Eh, tú. ¿Tienes un euro?

—¿Marías un favor? Tú, oye. ¿Me das tus zapatos?

—¿Marías un favor? Sí, tú, el gordo. ¿Me das tu bocadillo?

Javier Marías sabía ser muy persuasivo.

Una mañana cualquiera, yo charlaba con otros chicos en el patio trasero del instituto; había varios grupos de niños, solíamos aislarnos ahí de los demás. Estaba nublado y se oían truenos como ronquidos. Javier Marías se nos acercó sin que nos diéramos cuenta. El gitano llevaba una rama, arrancada de un árbol de la escuela, y empezó a pegar a algunos de los presentes. Como nadie se atrevía a confrontarlo y no había ningún profesor cerca, podía campar a sus anchas. ¿Marías un favor?, decía, ponte aquí. ¿Marías un favor?, ponte aquí. A golpe de rama, nos fue poniendo a todos en fila india, como un buen domador. Sin embargo, cuando terminó, Javier Marías me pareció más bien un juez a punto de procesarnos.

—A ver, payos, todos calladitos —nos dijo—. Vamos a jugar a Catalanes y Castellanos. ¿Sabéis jugar? Os voy a hacer una pregunta muy sencilla. Si contestáis bien, os libráis. Si contestáis mal, os arreo una buena hostia con la rama.

Estábamos todos acojonados. Yo ya había oído hablar del juego de Catalanes y Castellanos de Javier Marías, pero hasta entonces no había tenido la desgracia de participar. Un chico incluso lloraba. Un ronquido tronó y se me erizó la piel.

—Tú primero —le dijo Javier Marías al llorón, y lo puso el primero de la fila—. Dime: ¿tú qué eres? Catalán o castellano: tú decides.

—Soy catalán —dijo el chico, y se salvó y dejó de llorar.

—Sí, muy bien, tú eres catalán. Ahora tú —le dijo al segundo—. ¿Qué eres? Catalán o castellano: tú decides.

—Soy catalán.

—Pues no —sentenció Javier, y le pegó un golpe de rama—. Tú eres castellano, ¿no lo ves? —y le soltó otro golpe—. Siguiente.

—Soy castellano.

—Pues no —zas, porrazo con la rama—. Tú eres catalán, ¿no lo ves? Venga, siguiente. Catalán o castellano: tú decides.

—Soy castellano.

—Sí, muy bien, eres castellano. Siguiente. Catalán o castellano: tú decides.

Otros chicos fueron pasando delante de mí. Javier Marías los iba juzgando y zurrando arbitrariamente: a algunos catalanes los pegaba, a otros no; algunos castellanos se salvaban, otros no. Miré a mi alrededor en busca de un profesor que nos salvara de los latigazos de Javier Marías, pero no había nadie. Ya solo quedaba un chico antes de que me tocara: era un chico catalán. Estaba cagado, como los demás. Apretaba los puños con impotencia.

—A ver, tú, qué eres —le dijo Javier Marías al catalán—. Catalán o castellano: tú decides.

—Yo soy catalán y castellano. O solo soy catalán. O solo castellano. Soy lo que tú quieras.

¡Zas! Golpe de rama, y otro, y otro. El pobre chico se protegió como buenamente pudo, pero terminó con todo el brazo rasguñado.

—¡Siguiente!

Ya era mi turno.

—Catalán o castellano: tú decides —me dijo.

Por última vez, busqué en vano un profesor. Un trueno roncó teatralmente. Me estremecí y apreté las manos; tragué saliva. Era la primera vez en mi vida que pronunciaría esas dos palabras:

—Soy gordo —dije, muy convencido.

Javier Marías dudó.

—Pues es verdad. Te salvas, gordo. Siguiente.

Cuando terminó el juego de Catalanes y Castellanos, había dos grupos: los condenados y los salvados, los rasguñados y los intactos. Javier Marías se acercó a los primeros y los zurró de nuevo con la rama, entre risas. Después, aburrido, tiró la rama al suelo y se fue. Otro ronquido marcó su salida. Al dejarnos solos, nos separamos. De nuevo, se formaron dos grupos: los catalanes y los castellanos. Yo me quedé aparte.

—¡Puto gordo! —me dijo uno de los castellanos rasguñados.

Puto botifler! —me dijo uno de los catalanes condenados.

Sí, pensé, pero yo al menos me he librado.

Por la noche, saqué el diario de debajo de mi almohada y me puse a escribir el incidente:
Hoy en el instituto un chico me ha llamado gordo y otro botifler. No sé qué significa botifler, supongo que viene de butifarra y que quiere decir gordo o algo así. Pero yo he cogido una rama y les he dado de hostias. A los dos a la vez. Por listos. Javier Marías lo ha visto y se ha reído de ellos y les ha gritado: ¡puto catalán!, ¡puto castellano! Y después se ha reído de mi chándal, porque es muy feo y viejo. Yo también me he reído de mí, porque es mejor no llevarle la contraria al gitano y porque tiene razón, es un chándal muy cutre.
Y cerré el diario, orgulloso de mi relato del día.

Durante el fin de semana, mi madre me propuso ir a un centro comercial. Hoy vamos a comprarte ropa nueva, ¿vale?, me dijo. Ropa más seria, menos cutre, ¿qué te parece? Creo que necesitas un look más moderno. Bueno, esto me lo dijo en catalán, pero qué importa: la cuestión es que fuimos los dos de compras. Además de unos cuantos tejanos y camisas, la convencí para que me comprara un par de tebeos. Al salir de una tienda, me propuso ir a tomar un helado.

—Oye, hijo, ¿sabes qué es un botifler? Es un insulto, pero no significa gordo ni butifarra. Tú no estás gordo, tú estás fuerte. Pues para algunos catalanes, un botifler es... un traidor. Un catalán que colabora con los castellanos, con los enemigos. Bueno, para mí los castellanos no son enemigos, pero para algunos catalanes sí. Porque ellos piensan que los castellanos son malos y los catalanes buenos, así que los catalanes que ayudan a los malos se vuelven malos también. Como si en un cómic de Spiderman alguien le echara una mano al Duende Verde o al Doctor Octopus. Pues esos son los botiflers, los catalanes malos, los que van con el Duende Verde. Pero para mí no son ni buenos ni malos, eh. Vaya lío, ¿no?

Asentí, mientras terminaba mi helado. Curiosamente, entonces también se oían truenos como ronquidos. Conseguí disimular hasta llegar a casa.

Encerrado en mi habitación, sentí más bochorno que si mi madre hubiera descubierto mis revistas porno. Arranqué las páginas escritas de mi diario y las hice trizas. La libreta quedó esquilmada, pero las páginas restantes conservaban las débiles marcas de mi escritura anterior, para siempre destruida. En vez de deshacerme de ella, la metí dentro de la caja de zapatos, junto a mis otras vergüenzas.

Los ronquidos de Kazimierz atronaron por última vez mi relato. Mateo lo miró y se carcajeó para despertarlo.

—Buena historia, catalán —dijo Mateo—. ¿Y todavía te sientes gordo?

—Sí, por qué no. Me gusta la etiqueta de gordo, es muy holgada.

—¿Cómo termina la parábola? —preguntó Kazimierz, confuso—. ¿Cuál es la moraleja?

—Pues que al catalán lo salvaron de los fantasmas su gordura, un gitano y la educación de sus padres. ¿Y a ti quién te salvó de los fantasmas, Kazimierz?

—Supongo que irme a vivir a Londres. Viajar abre los ojos. ¿Y a ti, Mateo?

—Mis padres, sin duda. Los dos eran profesores y a ambos les gustaba mucho enseñar, tanto a sus alumnos como a su hijo. Es de lo poco que recuerdo de ellos. Pero antes de morir me inculcaron una idea que no se me olvidará jamás: leer mucho y viajar mucho, para ver mucho y saber mucho. Aunque luego aprendí yo solito que es posible leer y viajar sin ver y sin saber. Mis padres también me legaron su furgoneta hippie, con la que ellos mismos habían puesto en práctica sus enseñanzas. La furgoneta blanca y roja como la bandera de Polonia viajó con ellos por toda Europa: primero por dentro de España, luego alrededor del Mediterráneo, más adelante recorrió el Danubio hasta el mar Negro y subió al mar Báltico. Cuando la heredé y tuve edad de conducirla, cruzó conmigo los Pirineos, el Eurotúnel, Inglaterra y Europa Central hasta traerme a Cracovia. Es una pena que ya no la tenga: nos faltaban muchos países por visitar. Aunque supongo que, por sus colores, estaba destinada a perderse en Polonia.

Jueves 11 de septiembre de 2014, hora de ir a trabajar, cielo azul con alguna nube.

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